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Ver la Versión Completa : Exigiendo lo Bueno


py3ak
09-06-08, 12:37 AM
¿Los mandamientos de Dios son buenos porque Dios los manda o Dios los manda porque son buenos?

Pongamos un ejemplo para que la pregunta quede clara. Supongo que todos estamos de acuerdo que no levantar testimonio falso es bueno, pues es uno de los mandamientos de Dios, y todos sus mandamientos son buenos. ¿Pero qué lo hace bueno? ¿Es el hecho de que Dios lo mandó? ¿O hay algo bueno en sí acerca de no levantar testimonio falso por el cual Dios nos mandó no hacerlo? Para ponerlo de otra forma, ¿es posible que Dios nos hubiera mandado mentir? Si el noveno mandamiento dijera, "Levantarás falso testimonio" ¿sería bueno?

¿Qué opinan? ¿Los mandamientos son buenos porque Dios los mandó o Dios los mandó porque son buenos?

profe reformado
09-06-08, 05:24 PM
En el ejemplo de Rahab, vemos que a veces sea necesario que mentimos.

eglis
09-06-08, 06:28 PM
Dios es bueno, su sentido de la justicia es perfecto de manera que cualquier cosa ordenada por Él, debido a su esencia y a su característica de bueno, tendrá necesariamente que ser bueno, de manera que a los mandamientos se les puede validar como buenos atendiendo a su fuente: El Dios Bueno.
Cada mandamiento refleja lo que Él es, sus cualidades. Dios es la medida absoluta del bien. Nadie, distinto de Dios, puede determinar el bien o el mal. Dios es la medida de la perfecta justicia.
Lo que es contrario a Dios es pecado y lo que es conforme a Dios es bueno. De modo que los mandamientos son buenos porque provienen de la fuente de la perfecta justicia.
Como dijera Tomás de Aquino: Toda verdad proviene del Espírtu Santo.

py3ak
09-06-08, 09:54 PM
Eglis, muchas gracias por compartir esos pensamientos. Me encanta lo que dice Calvino en su Institución, III.23.2

Con esto bastaría para personas modestias y temerosas de Dios que tienen presente que son meros seres humanos. Mas como estos perros rabiosos profieren contra Dios no sólo una especie de blasfemia, es necesario que respondamos en particular a cada una de ellas; pues los hombres carnales en su locura disputan con Dios de diversas maneras, como si Él estuviese sometido a sus reprensiones.
Preguntan primeramente por qué se enoja Dios con las criaturas que no le han agraviado con ofensa de ninguna clase. Porque condenar y destruir a quien bien le pareciere es más propio de la crueldad de un verdugo, que de la sentencia legitima de un juez. Y así les parece que los hombres tienen justo motivo para quejarse de Dios, si por su sola voluntad y sin que ellos lo hayan merecido, los predestina a la muerte eterna.

Dios no hace nada injusto: su voluntad es la regla suprema de toda justicia. Si alguna vez entran semejantes pensamientos en la mente de los fieles, estarán debidamente armados para rechazar sus golpes, con sólo considerar cuán grave mal es' investigar los móviles de la voluntad de Dios, puesto que de cuantas cosas suceden, ella es la causa con toda justicia. Porque, si hubiera algo qué fuera causa de la voluntad de Dios, sería preciso que fuera anterior y que estuviera como ligada por ello: lo cual es grave impiedad sólo concebirlo. Porque de tal manera es la voluntad de Dios la suprema e infalible regla de justicia, que todo cuanto ella quiere, por el solo hecho de quererlo ha de ser tenido por justo. Por eso, cuando se pregunta por la causa de que Dios lo haya hecho así, debemos responder: porque quiso. Pues si se insiste preguntando por qué quiso, con ello se busca algo superior y más excelente que la voluntad de Dios; lo cual es imposible hallar. Refrénese, pues, la temeridad humana, y no busque lo que no existe, no sea que no halle lo que existe. Este, pues, es un freno excelente para retener a todos aquellos que con reverencia quieran meditar los secretos de Dios.
Contra los impíos, a quienes nada les importa y que no cesan de maldecir públicamente a Dios, el mismo Señor se defenderá adecuadamente con su justicia, sin que nosotros le sirvamos de abogados, cuando quitando a sus conciencias toda ocasión de andar con tergiversaciones y rodeos, les haga sentir su culpa.

Dios, siendo la bondad y la justicia, es su propia ley para sí mismo. Sin embargo, al expresarnos así no aprobamos el desvarío de las teólogos papistas en cuanto a la potencia absoluta de Dios; error que hemos de abominar por ser profano. No nos imaginamos un Dios sin ley, puesto que Él es su misma ley; pues - como dice Platón - los hombres por estar sujetos a los malos deseos, tienen necesidad de la ley; mas la voluntad de Dios, que no solamente, es pura y está limpia de todo vicio, sino que además es la regla suprema de perfección, es la ley de todas las leyes. Nosotros negamos que esté obligado a darnos cuenta de lo que hace; negamos también que nosotros seamos jueces idóneos y competentes para fallar en esta causa de acuerdo con nuestro sentir y parecer. Por ello, si intentamos más de lo que nos es licito temamos aquella amenaza del salmo que Dios será reconocido justo y tenido por puro cuantas veces sea juzgado por hombres mortales (Sal. 51, 4).

Si reconocemos que la voluntad de Dios es la naturaleza de Dios, creo que podemos apreciar cómo aún la manera de hacer la pregunta es a hasta cierto punto impreciso.